7:40:35 PM 3/15/14 OCB vs Ford Burgos. Final Score: 74-91

El deporte y la psicología están unidos en un grado superlativo. Diríase que es quizá el factor que provoca que sea generalmente impredecible, y que se ve acrecentado en los deportes de equipo.

Uno de los objetos de estudio de la psicología suele ser el de las reacciones de las personas ante diversas circunstancias, y entre esas reacciones son particularmente interesantes las del miedo. Todo el mundo tiene miedos, del tipo que sean, y estén más o menos ocultos. En el deporte de la canasta hay diversos tipos de miedo. Uno puede ser el miedo a la presión. En partidos igualados hay jugadores que se esconden y otros que, por el contrario, parecen emerger como un geyser cuando todo parece más complicado. A algunos deportistas les puede el jugar en cancha contraria, como hemos visto a muchos buenos jugadores de los equipos rivales encogerse en Pumarín, y a otros les puede la presión de su propio público, como llevamos sufriendo, en lo que al futbol se refiere, durante una década en el Carlos Tartiere.

Dentro de los diferentes tipos de miedo uno que es difícil de comprobar pero que si parece existir es el de determinados equipos cuando se enfrentan a otros. Ese concepto de “bestia negra”. Casi todo deportista individual o de equipo tiene un rival al que parece imposible de vencer, y eso puede ser explicado por el miedo.

En la primera vuelta, el Burgos nos hizo comprobar que puedes estar en una cancha de baloncesto 40 minutos sin jugar, y sin necesidad de ser entrenado por Javier Imbroda. Por la razón que sea, no estás en el partido en ningún momento. Estás en zona y te cosen a triples, te pones en individual y te ganan los duelos, y si defiendes con ayudas te comes los bloqueos. Eso le pasó al Oviedo en la primera vuelta, y en Pumarín la cosa empezó parecida. Intercambio de golpes, en un partido que convenía al Burgos, ya que en Pumarín, como bien dice el speaker, nos gusta defender. Pero no se defendió. Es normal que nos hiciesen 30 puntos en el primer cuarto sin sensación de aparente esfuerzo. Por momentos parecía que podríamos vivir algo parecido a lo que había acontecido en diciembre.El segundo cuarto pareció arrancar de manera diferente, y hasta se estuvo cerca de voltear el marcador, pero algo no cuadraba. Van Wijk y Fitzgerald tienen buena mano sin duda, pero no era lógico que se dependiese de sus puntos exteriores como único recurso, en lugar de utilizarlo como algo más esporádico. Unos dos últimos malos minutos de cuarto hicieron que se llegase al descanso 10 abajo (43-53) lo que respondía más a la superioridad visitante que los 4 puntos de ventaja que se habían tenido un momento antes.

En el descanso era necesaria mucha tarea psicológica. Los espectadores aprovechan para ir a fumar o a abastecerse de refrescos y palomitas, con la esperanza de que se repita la película tantas veces vista en Pumarín, con final feliz. En los vestuarios Guillermo Arenas seguramente trataría de hacer ver a los jugadores que esto iba a ser más difícil que otras ocasiones mientras, en el de enfrente, Andreu Casadevall (Coach C) simplemente convencería a sus jugadores de que el secreto está en no mostrar miedo. Porque Pumarín, y este equipo, huelen el miedo.

En la segunda parte, la dinámica cambió. Como tantas y tantas veces. Ya no era un correcalles, se multiplicaban los fallos y nadie estaba acertado cara al aro. Por fin se estaba defendiendo, y no solamente en uno de los lados. Lo único necesario era comenzar a anotar con fluidez y todo podría ser posible. Como por arte de magia, el Oviedo anotó sin parar, apenas en un momento, y un parcial de 11-0, apoyado en buenas defensas ponía a los locales a dos puntos, con cuarto y medio por jugar. La remontada habitual se había logrado mucho antes que otras veces. Pero Burgos hizo algo que hasta ahora nadie había hecho en Pumarín. No mostró miedo, y quizá eso produjo desconcierto en los pupilos de Guillermo, que tras una antideportiva a Fitzgerald, se fueron mentalmente del partido. Por completo. Llegó a haber momentos en los que uno no podía distinguir quien eran los jugadores insignia de los nuestros, porque el miedo los atenazaba. Las defensas empezaron a ser calamitosas, y los ataques eran una sucesión de despropósitos. No se puede decir que no hubiese actitud, solamente que hace falta mucha voluntad para vencer el miedo. Burgos se paseó en el último cuarto, dejando una diferencia de 17 puntos (74-91) a su favor, y confirmando, al ser el único equipo que ha vencido en Pumarín, nuestras sensaciones previas de que acompañará al Andorra en las plazas de ascenso a ACB, aunque ese Eurovegas que es la Asociación de Clubes de Baloncesto no le deje ascender por segunda vez consecutiva.

Para el Oviedo se puede decir que el partido fue una lección. Aprendió en carne propia lo que tantos equipos pasaron en los últimos cuartos en el fortín. Si comprenden lo poderoso que es dominar eso, quizá nadie vuelva a marcharse de aquí con la satisfacción de haber intimidado a los de Guillermo Arenas.

 

 

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