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       “Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, no han logrado todavía, ayudados por los medios de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos; tienes algunos que las más largas sondas, las más pesadas, han reconocido inaccesibles. A los peces… les está permitido: no a los hombres. Me he preguntado, a menudo, si era más fácil averiguar la profundidad del océano o la profundidad del corazón humano. A menudo, con la mano en la frente, erguido en los bajeles, mientras la luna se balanceaba irregularmente entre los mástiles, me he sorprendido, haciendo abstracción de cuanto no era el objetivo que yo perseguía, esforzándome por resolver tan difícil problema. Sí, ¿cuál de ambos es más profundo, más impenetrable: el océano o el corazón humano?

       En esta segunda sesión de la serie que venimos dedicando a los Cantos de Maldoror, inquietante obra del enigmático conde de Lautréamont (1846-1870), Francisco Morán escoge de nuevo algunos pasajes de la obra del montevideano y nos presta su voz para relanzar un saludo al viejo océano.

       Cuando, al término de la emisión que aquí presentamos, le mostramos a Francisco Morán el fragmento de Heráclito con el que encabezamos la entrada del anterior programa -el primero de la serie dedicada a Cornelius Castoriadis-, aquel que dice: “No encontramos caminando los confines del alma, aun recorriendo todo camino, tan profundo es su principio”, enseguida se dió cuenta de la afinidad de estas palabras con el pasaje de los Cantos de Maldoror que citamos más arriba.

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       Del resto de pasajes que entona Francisco en esta ocasión, espigamos aquí además este lamento que podría proferir cualquiera que tenga sed insaciable de infinito, como tú, como yo, como todos los demás humanos de rostro pálido y alargado:

       “Un pedazo de tierra es ocupado por treinta millones de seres humanos que se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, clavados como raíces en el contiguo pedazo de tierra. Yendo de mayor a menor, cada hombre vive como un salvaje en su cubil y raramente sale de él para visitar a su semejante, agazapado también en otro cubil. La gran familia universal de los humanos es una utopía digna de la más mediocre lógica“.

Santiago Caruso - Cantos de Maldoror

 

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