diego

Para los que somos cinéfilos casi cualquier fenómeno acaba trasladándonos a tal o cual película, algo lógico, ya que un fenómeno no deja de ser algo que ha de ser percibido no por los sentidos como recordaba Hegel, sino por algo que se encuentra en el interior de cada uno. Esta fenomenología es lo que provoca esas emociones tan intensas en las personas que durante algo menos de dos horas y, sobremanera, en los últimos minutos, se transforman en las gradas del pequeño polideportivo de Pumarín, donde los llenos hacen que el sentir el aliento del que está al lado no sea algo simplemente literal. Una comunidad de intereses cuyo beneficio no es económico, sino espiritual, y al cual  los gladiadores de la pista nos están acostumbrando semana si semana también cada vez que podemos verles en directo.

Esta contienda retrotraía a cualquier filme heróico, porque heróico fue lo que aconteció en este encuentro, como en esos clásicos filmes de guerra, al estilo de “Bataan”, “Objetivo Birmania” o incluso la ridícula “Los últimos de Filipinas” que las generaciones del baby boom veíamos los sábados por las tarde en esos aparatos de televisión de la Europa del Este cuyo único mando a distancia posible para sintonizar de uno a otro de los dos únicos canales era usar el palo de una escoba.

Todas estas películas nos presentaban la resistencia de puñados soldados en unas condiciones lamentables resistiendo el asedio de un número atroz de enemigos. Al igual que en estas películas, todo parecía estar en contra nuestra, al no poder contar aun con el irishman ni con el rapsoda, y al seguir con nuestra última esperanza no blanca desaparecido mentalmente. Los hermanos Macía bastante hacían con tenerse en pie, Ferrán cumplía sin mas, y Álvaro disparando con una escopeta que parecía haber sido adquirida en el almacén de “Empeños a lo Bestia”. Estos ingredientes provocaron que solamente tuviésemos a cinco soldados  en condición de pelear al máximo, y fue lo que hicieron.

Desde el holandés errante, que demostró que ese adjetivo que parecía tener grabado a fuego en su cuello, como si una cabeza de ganado se tratara, está desapareciendo por completo. Juan García saltando mas que nunca, con esa intensidad que muestra siempre, como si estuviese en un trance de uno de esos rituales de vudú tan frecuentes en la isla de la que procede. Agustín siendo mas argentino que nunca, peleando como el más radical de los montoneros peronistas del transporte. Fran haciendo lo que sabe, dando la razón a Leibniz en que el mundo (y un encuentro no es mas que un mundo en miniatura) se compone de series que convergen de manera regular obedeciendo a leyes ordinarias, luego actuando con su regularidad nada cambiaría finalmente. Y por último el protagonista, el único taoísta asturiano de la canasta que haya podido conocer en todos mis años como aficionado a este deporte (que son muchos). El, Diego, el que la suelta según le llega. Con facilidad, apenas sin saltar. Diríase que con poco esfuerzo. El jugador que cada semana me recuerda que es realidad el dicho zen de que incluso las más extrañas aventuras se explican con facilidad al estar hechas de cosas ordinarias. Y esto es algo que solo el posee. Cuando no se puede vencer en el sentido real del término, que no es otro que “vencer con” es nuestra mejor baza. Y es de aquí, y un tipo que merece la pena. Al final otra victoria, pero en unas condiciones que si se repiten difícilmente se volverá a dar. Aprendamos la lección, que respete la salud y que se pueda mejorar lo posible la tropa.

Rueda de prensa de Guillermo Arenas recogida por nuestra unidad móvil

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